Diana tuvo mucha suerte de haberse criado en un pueblo pequeño, con el mar tan cerca que su olor se sentía al abrir la ventana. Mucha suerte de poder ser libre desde bien pequeña para ir sola al colegio o jugar a “3 marinos a la mar” en las noches de verano.

Una manta y la mesa redonda del salón le bastaban para construirse un fuerte y esconderse de Currujedo, el monstruo que vivía en su desván. Era imposible que allí pudiera atraparla.

Cuando empezaba el buen tiempo, la cabaña se construía al aire libre, con la caja de cartón más grande que encontrara y un cuchillo para hacer puertas y ventanas. Y así pasaba horas, inventando historias y soñando con mundos lejanos e imposibles, pero a la vez tan reales…

¡Siempre fue una wilder!